Tropezar mil veces con la misma piedra
Carlos Alberto Montaner
América Latina retorna al pasado. Vuelve al
estado-empresario que tanta felicidad les causa a los políticos demagogos y
tanto despilfarro y atraso les trae a los pueblos. Quien inauguró esta
tendencia retro fue el argentino Néstor Kirchner, pero luego lo han
seguido con entusiasmo el boliviano Evo Morales y el venezolano Hugo Chávez.
Es muy probable que el ecuatoriano Rafael Correa también lo intente tan
pronto como ocupe su sillón presidencial. No sé que hará Daniel Ortega.
Llega al poder en Nicaragua con un grado tal de debilidad que tal vez le ate
las manos, al menos por cierto tiempo.
La idea central tras el estado-empresario es muy simple
y está al alcance de cualquier formación política, sea o no socialista:
supuestamente, existen algunas actividades “estratégicas” de primer orden
que son demasiado importantes para dejarlas en las manos de empresarios
codiciosos incapaces de velar por el bien común. Ése es el caso de la
electricidad, las comunicaciones, el suministro de agua, la extracción y
comercialización de combustibles, como sucede con el petróleo o el gas, y el
transporte terrestre, aéreo y marítimo de personas y mercancías. En algunos
países, como la muy democrática Costa Rica, durante mucho tiempo se pensó
que la banca y los seguros también debían quedar en el ámbito del sector
público. Posteriormente se corrigió ese innecesario disparate.
La primera alarma racional que despierta esta nueva ola
estatizadora tiene que ver con el concepto de “actividad estratégica”. Si
por ello se entiende todo lo que es vital para la supervivencia de las
personas ¿por qué no estatizar cuanto tiene que ver con la producción y
venta de alimentos, medicinas y ropas, elementos imprescindibles para
mantener vivo al ser humano? ¿Qué puede haber más “estratégico” que las
viviendas en las que nos protegemos de las inclemencias del tiempo? En ese
caso, ¿por qué no dedicar también al Estado a fabricar y mantener nuestras
casas?
Menudo error. Durante muchas décadas los
latinoamericanos comprobaron hasta la desesperación el desastre de los
estados-empresarios. En la Argentina estatista fundada por Perón,
implacablemente continuada tras su desaparición, hasta finales de los años
ochenta resultaba más fácil adquirir un gato con dos cabezas que una línea
telefónica: a veces tardaban diez años en concederla. Las empresas estatales,
en todas partes, eran sumamente corruptas, operaban con gran torpeza, se
atrasaban en el terreno tecnológico, estaban repletas de trabajadores
innecesarios empleados por razones políticas, sin atender a méritos
personales, y arrojaban pérdidas que debían ser afrontadas mediante
asignaciones especiales del presupuesto general de la nación. Eran,
simplemente, negocios ruinosos y absurdos que enfurecían a clientes y
usuarios mientras empobrecían progresivamente al conjunto de la población.
¿Por qué fracasaban las empresas estatales? Primero,
porque se dirigían con criterios políticos clientelistas y no por métodos
gerenciales racionales. Segundo, porque los precios se fijaban por razones
electorales y no en función de los costos. Tercero, porque el Estado
suprimía la competencia y con ella cualquier estímulo dirigido a mejorar la
calidad de los bienes y servicios ofertados. Es verdad que los empresarios
defienden sus intereses a capa y espada, pero en un mercado abierto y
competitivo eso quiere decir que deben empeñarse incesantemente en producir
mejores cosas y proponerlas a precios decrecientes, como se comprueba, por
ejemplo, en el mundo de la comunicación: donde la competencia es libre, los
costos de los teléfonos y de las tarifas son cada día más baratos.
Europa
-que
es en donde surgió y se afianzó la tendencia estatista del siglo XX
acaudillada por Inglaterra, pues hubo otra muy antigua, francesa, del siglo
XVII, impuesta por Jean-Baptiste Colbert, el padre del mercantilismo-
hace años aprendió su lección, y hoy uno de los requisitos para formar parte
de la Unión Europea, o para mantenerse dentro de ella, es privatizar las
empresas públicas y alentar la competencia y el mercado, porque ya nadie
tiene la menor duda de que el estado-empresario es el camino más directo
para empobrecer a los pueblos, retrasar su desarrollo tecnológico, corromper
aún al estamento político y envilecer las relaciones entre los electores y
los partidos.
¿Por qué América Latina no es capaz de aprender de sus
errores? La respuesta es muy descorazonadora. La vieja definición del idiota
nos describe a alguien que repite veinte veces el mismo experimento con la
esperanza de que alguna vez los resultados sean diferentes. Dentro de
algunos meses, junto a Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa
trataremos de explicarlo en un libro titulado El regreso del idiota.
¿Servirá para algo? Ojalá.
Enero 14, 2007
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