El
antiamericanismo de los americanos
Es muy fácil odiar al pueblo y al gobierno
norteamericanos. Todo lo que hay que hacer es tomar en serio la opinión
sobre su conducta criminal descrita por algunos de sus catedráticos
universitarios. Es la mejor fuente de antiamericanismo que se conoce.
Transcribo un párrafo del libro Ecuador and the United States
escrito por el historiador Ronn Pineo, profesor de Towson University,
publicado recientemente por The University of Georgia Press:
En el período de postguerra [...] Estados Unidos
alcanzó sus objetivos en Ecuador: la prohibición de los partidos políticos
progresistas; la persecución de los sindicatos izquierdistas; el despido,
encarcelamiento, apaleamiento, exilio y asesinato de intelectuales
librepensadores (independent-minded),
profesores y reporteros de periódicos; y el debilitamiento de los gobiernos
que no le gustaban. Debido a estas acciones, Estados Unidos contribuyó
significativamente a la inestabilidad política y debilitó el objetivo de
construir la democracia en Ecuador.
Menudos objetivos. O sea, durante medio siglo, inmersos
en la guerra fría, el pueblo americano, por medio de los presidentes
elegidos, demócratas y republicanos, utilizando a la CIA, controlada por los
congresistas y senadores, se comportaba como una mafia siniestra dedicada a
atropellar cruelmente a los ecuatorianos. Supongo que cuando el señor Pineo
hace estas afirmaciones no ignora que en una república que funciona de
acuerdo con las normas de una democracia representativa, el responsable
final de estas acciones criminales es la sociedad de asesinos y matones a la
que él pertenece y describe.
¿Qué fuente utiliza el profesor Pineo para llegar a esas
conclusiones tan negativas sobre su país y sus compatriotas?
Fundamentalmente, el testimonio de Philip Agee, un ex agente de la CIA que
se pasó al enemigo en la década de los sesenta, convirtiéndose en
colaborador de la inteligencia cubana y soviética, dedicado a la
identificación de sus antiguos compañeros, lo que le costó la vida a alguno
de ellos. Agee, ya muy envejecido, continúa en Cuba al frente de una empresa
consagrada a promover el turismo, pero periódicamente la dictadura de Castro
lo utiliza para desacreditar a Estados Unidos.
Naturalmente, el profesor Pineo tiene otros enemigos,
además del comportamiento de sus conciudadanos. Como muchos de los
latinoamericanistas asentados en las universidades de Estados Unidos, el
anticomunismo le parece una actitud injustificable. (No sé, porque no lo
aclara, si ser antinazi o antifascista le suscita el mismo rechazo.) Su
libro transpira esa insensibilidad ante el sufrimiento de las víctimas del
comunismo. No importan el horror de esas dictaduras, sus cien millones de
muertos, sus gulags implacables, la miseria y la desesperación de
las personas que han tenido que sufrir la barbarie de las tiranías marxistas
leninistas. Estados Unidos, en definitiva, no debió enfrentarse a la URSS y
a sus satélites. Los norteamericanos exageraban los peligros de la expansión
soviética y confundían los verdaderos objetivos de Moscú, comprensiblemente
defensivos.
Las otras bestias pardas del historiador son el llamado
neoliberalismo y el libre comercio internacional. Las privatizaciones de las
empresas estatales --una tremenda fuente de corrupción, clientelismo y
derroche-, la reducción del gasto público, unida a un aumento en la
inversión en salud y educación, la lucha contra la inflación, el equilibrio
presupuestario, los tratados de libre comercio, el fin de los controles de
precios y la liberalización de los mercados, como recomiendan el Consenso de
Washington, el FMI y el BM, le parecen responsables de un incremento de la
miseria general. Es decir, las medidas que han convertido a Chile en la
economía más pujante de América Latina, y que le han permitido reducir los
índices de pobreza del 42 al 13% durante la etapa democrática (las mismas
que receta la Unión Europea a los ex satélites de la URSS para entrar en el
organismo), son responsables del desbarajuste ecuatoriano.
En definitiva, los norteamericanos son culpables de casi
todo lo malo que sucede en América Latina. Cuando ignoran lo que ocurre al
sur del Río Grande, es debido a esa negligente indiferencia que estos pobres
pueblos no consiguen desarrollarse ni democratizarse. Cuando tratan de
influir en su destino, con planes como la ''Alianza para el Progreso'' (más
de veinte mil millones de dólares inútilmente perdidos), lo hacen torpe y
arrogantemente en función de su paranoia anticomunista, y entonces se
dedican al asesinato de librepensadores, impidiendo el arraigo de las ideas
de la libertad.
No me extraña, pues, que en la bibliografía que cita al final de la obra
no aparezca la menor referencia a Las costumbres de los
ecuatorianos, un extraordinario estudio de Osvaldo Hurtado, ex
presidente y director de CORDES, uno de los think tanks
más prestigiosos del país. Si lo leyera, tal vez entendería mejor las raíces
culturales e históricas de los problemas ecuatorianos, y acaso se atenuaría
su profunda animadversión a la sociedad norteamericana. No creo que lo haga.
Noviembre 25, 2007
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