Otra vez peligra la democracia en Nicaragua
Carlos Alberto Montaner
''El peor de todos es Daniel Ortega'', me dijo un
presidente latinoamericano presente en la sonada Cumbre Iberoamericana de
Chile. ''¿Peor que Chávez?'' --pregunté incrédulo. ''Peor'' --me respondió.
''Más tosco, más ignorante, y sin esa espontánea comicidad folclórica de
matón de zarzuela que tiene el venezolano''. Y enseguida aclaró: ``La riña
entre el rey español y Chávez fue motivada por la desesperación que produce
un señor que no conoce el silencio, pero Ortega se dedicó a insultar a
España y a los españoles. Por eso el rey se levantó y se marchó. Chávez
devariaba. Ortega injuriaba''.
Creo que el asunto es aún más grave. El presidente Daniel
Ortega, que es incapaz de olvidar, y mucho menos de aprender, trata de
regresar a los años ochenta, cuando instaló en Nicaragua una sucursal de
Cuba, irresponsablemente se convirtió él mismo en un protagonista de la
guerra fría dentro del bando soviético, dispersó por el mundo a los
empresarios, y precipitó al país en un conflicto armado que costó miles de
muertos y centenares de miles de exiliados, mientras empobrecía hasta los
huesos a una sociedad que previamente había sido golpeada por el somocismo
durante cuarenta años.
El síntoma más evidente de esta terca vocación
autoritaria ha sido su reciente insistencia en la creación de un organismo
paramilitar llamado Consejos del Poder Ciudadano, formado por civiles
sandinistas, pese al rechazo de la mayoría parlamentaria nica. Cuando los
congresistas votaron una ley que prohibía la constitución de ese peligroso
instrumento de opresión, parecido a los Comités de Defensa de la Revolución
cubanos, Ortega amenazó con gobernar por decreto y utilizó al presidente de
la Asamblea --sandinista-- y a una instancia judicial bajo su control para
tratar de burlar la soberana autoridad del cuerpo legislativo.
Pero no toda la experiencia ha sido negativa. La buena
noticia es que la bancada democrática de ese parlamento, formada por el
Partido Liberal Constitucionalista, la Alianza Liberal Nicaragüense y la
Alianza Movimiento Renovador Sandinista, logró constituir un frente para
impedir la regresión estalinista de Ortega. Y ya era hora, porque, pese a
las diferencias que separan a estos grupos, los rasgos que los unen,
especialmente el respeto por las libertades individuales, son mucho más
importantes, y lo que está en juego es la posibilidad de que Nicaragua
vuelva a caer en una etapa de atropellos y violencia política que ya parecía
superada.
La clave de la supervivencia de la democracia en ese país
acaso está en la unión del fragmentado partido liberal, dos tendencias que
cuentan con más del cincuenta por ciento de apoyo popular. Y el elemento
fundamental que explica esa división es el destino del ex presidente Arnoldo
Alemán, condenado por los tribunales, pero mantenido fuera de la cárcel por
un pacto con los sandinistas que hizo posible que Ortega regresara al poder
y Alemán continuara en libertad.
¿Cómo puede frenarse a Ortega, recomponer el mapa
político y proteger la democracia? Los liberales nicaragüenses estudian una
pragmática fórmula que parece razonable: decretar una amplia amnistía que
ponga fin a las persecuciones judiciales y así privar a Ortega de la
capacidad de chantaje que ejerce sobre los líderes políticos de la
oposición. Es verdad que esta solución contiene elementos negativos, pero no
se puede poner en peligro a todo un pueblo por meter en la cárcel a un
político acusado de corrupción.
En todo caso, este triste episodio debería servir como
punto de partida de un radical propósito de enmienda de toda la clase
política nicaragüense, y especialmente de los liberales. Es verdad que en
los tres gobiernos postsandinistas el país dio un cambio tremendo en el
orden material y en el clima de libertades que se logró forjar, pero la
inescrupulosa manera en que, a veces, se manejaron las instituciones
republicanas, convirtiendo en una burla la independencia de los poderes
públicos, sólo sirvió para debilitar la confianza de la sociedad en sus
gobernantes y para abrirle la puerta a potenciales aventuras
antidemocráticas.
En el 2010 --a la vuelta de la esquina-- se cumplirá el
vigésimo aniversario de la derrota en las urnas de Daniel Ortega y del
triunfo de Violeta Chamorro. Esa victoria, que entonces parecía casi
imposible, costó un río de sangre, y los demócratas nicaragüenses heredaron
un país destruido que ha resurgido de las cenizas. Los liberales (y los
conservadores que se les han unido), juntos, si renuncian al cainismo y se
deciden a colaborar lealmente, pueden preservarlo, lograr que prospere, y
legarles a sus hijos una nación mejor que la que ellos vivieron. Si no lo
hacen serán responsables del desastre que probablemente ocurra.
Diciembre 2, 2007
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