Finalmente, lo callaron
Se
hunde el socialismo del siglo XXI
Carlos Alberto Montaner
ABC, Madrid, 4 de diciembre de 2007
Primero el rey lo mandó callar. Ahora los venezolanos acaban de hacer lo
mismo. Los dos fenómenos, además, están relacionados. La Corona española
goza de una inmensa simpatía en América Latina. En todas las ceremonias de
toma de posesión de los nuevos presidentes, invariablemente las figuras más
aplaudidas son Felipe y Letizia, que suelen ser los representantes de España.
Cuando Juan Carlos, desesperado por la locuacidad patológica de Chávez,
indignado por su infinita falta de educación, le exigió que cerrara la boca,
creó, sin proponérselo, el más formidable eslogan contra el aprendiz de
dictador, y le dio a la oposición el impulso que necesitaban los estudiantes
universitarios para vencer la apatía y llevar al pueblo a las urnas
nuevamente. Contrariando el viejo cuento, esta vez fue el rey quien gritó
que el campesino lerdo iba en cueros.
Las consecuencias de esta derrota de Chávez son enormes. Aparentemente, lo
que estaba en juego era la aprobación de una constitución cercana a la que
rige en Cuba (inspirada, por cierto, en la legislación stalinista de 1936),
pero, en realidad, se jugaba algo mucho más importante: el destino del
llamado Socialismo del siglo XXI y los delirantes planes de conquistar
América Latina para la causa del colectivismo autoritario. Ahora se sabe que
los venezolanos no quieren ser arrastrados hacia el comunismo dentro de su
patio, y mucho menos costear la onerosa aventura de convertir a Venezuela en
la URSS de nuestro tiempo.
Los mandamases cubanos, seguramente han tomado buena nota de este descalabro.
Ya entienden que no pueden contar indefinidamente con el opulento subsidio
venezolano, calculado hoy en cuatro mil millones de dólares anuales. Esos
cien mil barriles de petróleo que todos los días llegan a Cuba, en algún
momento dejarán de fluir, y la Isla sólo tiene reservas para 17 días, lo que
los obligaría a un feroz racionamiento de la energía eléctrica, peor que el
que sufrieron a principios de la década de los noventa. Los rusos y los
angolanos, sí, están dispuestos a vender petróleo, pero siempre que les
paguen la factura, y ese improductivo sistema es incapaz de generar las
exportaciones que se requieren para hacerle frente a unos gastos muy
elevados, porque incluyen el ochenta por ciento de los alimentos y medicinas
que la sociedad necesita importar para poder sobrevivir.
Todo esto sucede con un Fidel Castro moribundo, que insiste en postularse al
Parlamento para seguir siendo presidente mientras sea capaz de respirar,
aunque ya sin otro objetivo que impedir cualquier cambio que se intente
introducir en Cuba en la dirección del modelo Chino o vietnamita, como
defienden, sotto voce, su hermano y casi toda la
nomenklatura. Según la versión oficial, Castro está dando la batalla
contra la muerte. La verdad es que embiste contra la inevitable reforma
económica, pero si antes pretendía sostener su desastrosa estructura
productiva enquistándose en el presupuesto venezolano, como hizo en su
momento con la URSS, ese proyectado saqueo ya no es posible durante mucho
más tiempo.
Para Evo Morales la noticia también es un mazazo. Su gobierno es el más
débil del eje chavista. La derrota del venezolano lo sorprende en medio de
una fraudulenta operación en la que, escondido en los cuarteles, intenta
forzar una nueva constitución que le permita reelegirse. Tiene en contra
medio país geográfico y étnico. Si Chávez no pudo imponer su voluntad, mucho
menos podrá él frente a la aguerrida oposición que lo adversa. Hace unos
meses, Chávez advirtió que si Morales era derrocado por el ejército o por
levantamientos civiles, las tropas venezolanas acudirían en su defensa.
Chávez, tras la derrota electoral y la oposición del general Raúl Baduel, ya
no puede confiar en sus Fuerzas Armadas. Se sabe que la noche del referéndum
le dijeron que no respaldarían ningún pucherazo.
En Ecuador, con otra intensidad, ocurre un fenómeno parecido. El presidente
Rafael Correa, uno de los pocos amigos personales de Chávez en la región,
basado en su tremenda popularidad, intenta refundar el país para manejarlo a
su antojo con una vieja visión cepaliana de la economía, trufada con la
anacrónica y nociva influencia de la Teología de la Liberación, pero
probablemente la experiencia venezolana le sirva como un factor de
moderación. De la misma manera que hasta hace unos días parecía que la
izquierda chavista era el futuro del continente, la percepción que ahora se
generaliza es la contraria: el socialismo del siglo XXI será un fenómeno
efímero.
Pero es dentro de Venezuela, naturalmente, donde la derrota de Chávez genera
mayores turbulencias. El chavismo está mucho más cerca de ser una banda
primitiva que un partido moderno. El poder descansaba sobre el mito de la
invencibilidad del líder adorado, y ese mito se acabó en la madrugada del
lunes cuando anunciaron la victoria del no. El chavismo no ha logrado
convertirse en un movimiento político organizado, más allá de una turbamulta
que aplaude a su caudillo, mientras unos cuantos cortesanos se asocian para
delinquir a la sombra del poder. Si Chávez deberá abandonar la presidencia
en el 2013, ¿quién lo sustituye y cómo se elige al nuevo candidato? Ahora
comienza esa agónica lucha por la sucesión y la consecuente fragmentación
del grupo.
En la oposición hay también una recomposición importante. El factor más
novedoso es la aparición en la escena política de los estudiantes
demócratas, verdaderos héroes en la derrota de Chávez, con tres de sus
brillantes portavoces como primeras figuras, y quizás con Jon Goicoechea
como la más vistosa de ellas. Quedan vivos Manuel Rosales, gobernador
de Zulia, Julio Borges, el líder de Primero Justicia, y Enrique Mendoza, muy
activo en la acción tras bambalinas en respaldo del rechazo a Chávez. Sin
embargo, la figura clave, a partir de ahora, quizás sea el enigmático
general Raúl Baduel, quien en el 2002, tras el golpe militar, hizo lo
indecible por devolverle la autoridad a Hugo Chávez, y ahora se ha movido
con el mismo éxito en la dirección contraria. Si el general decide aspirar,
será un personaje al que hay que tomar en cuenta. En todo caso, la oposición
democrática necesita contar con un candidato único para resistir al chavismo,
más o menos como los chilenos de la Concertación tuvieron que ponerse de
acuerdo para derrotar a Pinochet.
Lamentablemente, todavía es muy prematuro para hablar de la herencia que
dejará el chavismo. Al teniente coronel le queda mucho por destruir mientras
permanezca en Miraflores haciendo discursos cantinflescos, regalando dinero
y cometiendo disparates, pero su paso por la historia venezolana ya ha sido
como el de Atila por donde galopaba su caballería. En medio del río de
petrodólares más impresionante que ha recibido Venezuela a lo largo de la
historia, el país padece un terrible desabastecimiento de artículos de
primera necesidad, miles de empresas se han visto obligadas a cerrar las
puertas, centenares de miles de venezolanos educados han tenido que emigrar,
y las calles de las principales ciudades se han transformado en el peor
matadero latinoamericano.
Desde 1999 a la fecha, más de cien mil venezolanos han sido asesinados por
delincuentes comunes, y apenas un cinco por ciento de esos crímenes ha
podido llegar a los tribunales. Hoy el país está infinitamente peor
gobernado, y la sociedad mucho más crispada, que en 1998, cuando Venezuela,
de una manera insensata, se entregó en manos de un aventurero ignorante cuya
mejor credencial es que en 1992 había intentado acabar a tiros con el
sistema democrático. Tal vez, cuando termine este triste episodio, ésa sea
la única herencia positiva que deje el chavismo: para que una nación
prospere y triunfe, hay que saber elegir. Los venezolanos, parece, están
aprendiendo.
Diciembre 4, 2007
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