Izquierdas carnívoras y vegetarianas
Carlos Alberto Montaner
Conferencia de apertura del seminario internacional
“Globalization and the Rise of the Left in Latin America”
The Withersponn Institute
Princeton University, 6 de diciembre de 2007
La mayor paradoja que presenta el
moderno debate ideológico latinoamericano es su antigüedad. Tiene 200 años
de iniciado. Apenas hay factores novedosos en la disputa. Se trata de
variaciones sobre un mismo tema. En 1810, cuando comienza el enfrentamiento
entre España y sus colonias, la lista de agravios que exhibían los criollos
incluía la falta de comercio libre internacional, el proteccionismo, el
centralismo administrativo impuesto por los Borbones madrileños, la excesiva
y arbitraria presión fiscal, y un tipo de estructura estatal en donde los
poderes públicos dependían totalmente de la Corona. La Corona hacía las
leyes, nombraba los jueces, ejercía la autoridad de forma ilimitada y
utilizaba sus recursos para enriquecer a los cortesanos favoritos.
Como sucedió en Estados Unidos,
los criollos se rebelaron contra esa forma de relación entre la metrópolis y
las colonias. La Corona y los realistas que la respaldaban defendían el
modelo mercantilista del antiguo régimen, mientras los independentistas
postulaban las ideas liberales y republicanas entonces en boga. El uruguayo
José Gervasio Artigas, por ejemplo, solía tener consigo un pequeño ejemplar
de la Constitución norteamericana de 1787, el colombiano Antonio Nariño
tradujo, publicó, y fue a la cárcel por ello, la Declaración de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano promulgada por los franceses en
1789, mientras Simón Bolívar, sin mucho éxito, intentaba que su admirado
Benjamín Constant le reconociera su condición de liberal.
Estamos, pues, ante un curioso
cambio de papeles e identidad. Si entonces los dos grandes sectores
políticos enfrentados se hubieran denominado “derecha” e “izquierda”, los
realistas hubieran sido la derecha reaccionaria, y los independentistas
habrían sido conocidos como la izquierda progresista. Dos siglos más
tarde, las denominaciones han cambiado de signo y quienes se denominan
izquierda progresista son los proteccionistas, enemigos del comercio libre
internacional, partidarios de una economía estatista y centralizada, dotada
por medio de una intensa presión fiscal, controlada por el gobierno,
mientras quienes sostienen las ideas liberales
-mercado,
derechos de propiedad, apertura comercial, primacía del individuo, bajos
impuestos, limitación de la autoridad y división de poderes de acuerdo con
la tradición republicana-
son calificados como derecha conservadora. O sea, los denostados
neoliberales.
Las señas de identidad
No hay, naturalmente, una
izquierda, sino varias, y algunas de ellas están mucho más cerca de la
derecha liberal de lo que están dispuestas a admitir. En un libro reciente,
El regreso del idiota, que, como el anterior, publicado hace más de
una década, el Manual del perfecto idiota latinoamericano, he escrito
junto a Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa, en el tono jocoso que
elegimos para estos polémicos textos, clasificamos a las izquierdas como
‘vegetarianas” y “carnívoras”.
Grosso modo, la vegetariana es la
que se mueve dentro del marco de la democracia occidental, cercana al modelo
socialdemócrata europeo de nuestros días, mientras la carnívora se desplaza
a la velocidad que le permite su crispada realidad política hacia el
colectivismo autoritario de inspiración cubana, como señala Hugo Chávez en
una metáfora marinera: “navegamos hacia el mar de la felicidad cubano”.
Borrascoso Estrecho de la Florida, por cierto, del que, cuando pueden, los
cubanos suelen escapar en unas balsas nada metafóricas.
La manera más comprensible de
entender las diferencias entre esas izquierdas es acercarnos a los casos
concretos. La vasta y muy variopinta familia se compone, aparentemente, de
Argentina, Brasil, Uruguay, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y, por
supuesto, en el extremo más radical, Cuba, esa reliquia de diseño soviético
surgida de la Guerra fría. A Chile se le suele incluir en el mismo pelotón
porque gobiernan los socialistas desde hace dos periodos, en concertación
con los democristianos, pero, en realidad, la señora Michelle Bachelet, como
antes Ricardo Lagos, se parecen muy poco a eso que se llama “izquierda
latinoamericana”.
En definitiva, ¿qué tienen en
común sus gobiernos? Fundamentalmente, cuatro aspectos:
·
En primer lugar, el discurso político. Dentro de
una visión paranoica, cercana a las teorías conspirativas, atacan permanente
a lo que llaman el neoliberalismo. Achacan casi todos los males
económicos actuales a las privatizaciones de los años noventa y a las
recomendaciones del FMI y el BM resumidas en el Consenso de Washington (CW),
olvidando totalmente la pobre situación del Continente anterior a esta etapa.
·
También coinciden en el asistencialismo masivo.
Reclutan a una buena parte de su clientela política con diversas formas de
lo que llaman “gasto social”. Esos recursos a veces sirven para alimentar a
los más necesitados
-lo que sería justificable-,
pero otras se utilizan para amansar, sobornar o utilizar como tropa de
choque a los más peligrosos y agresivos, como sucede con los piqueteros
argentinos.
·
En general, el antiamericanismo, con diverso
grado de virulencia, es otro rasgo común. Los yanquis, como decía el himno
sandinista originalmente, son los “enemigos de la humanidad”.
·
El cuarto elemento es la actitud antisistema y
el desprecio por las instituciones y partidos políticos tradicionales. El
líder de la nueva izquierda es, generalmente, un outsider.
Un poco de historia
¿Cómo se creó esta matriz de
opinión? Todo parte de un inmenso error relacionado con la forma en que se
crea la riqueza, pero antes de llegar a ese punto es conveniente hacer un
breve recuento histórico.
En la segunda mitad de los ochenta
del siglo pasado, ya resultaba totalmente inocultable que habían fracasado
las propuestas cepalianas de sustitución de importaciones, mediante estados
proteccionistas, fuertemente intervencionistas y planificadores, muchas
veces convertidos en empresarios. Por ese camino, América Latina no se
desarrollaba, sino se estancaba, retrocedía, o padecía altísimos índices de
corrupción y feroces inflaciones, como las que sufrieron Perú, Argentina,
Ecuador, Bolivia y Nicaragua, mientras otros países, como los tigres de
Asia, despegaban fulminantemente. Fenómeno que también se observaba en el
Chile de Pinochet, donde la reforma fue muy exitosa en el plano económico y
generó tasas de crecimiento cercanas al 8% de manera continua, al menos en
los últimos años de la dictadura, aunque en el político se trató de un cruel
experimento saldado con varios millares de muertos, desaparecidos y
torturados.
Fue entonces, en los ochenta,
cuando algunos políticos, generalmente procedentes del campo socialdemócrata,
comenzaron a reformar las relaciones entre la sociedad y el Estado,
introduciendo medidas de apertura extraídas del recetario liberal: Oscar
Arias en Costa Rica, César Gaviria en Colombia, el boliviano Víctor Paz
Estenssoro, el venezolano Carlos Andrés Pérez en su segundo periodo, el
argentino Carlos Menem, el ecuatoriano Sixto Durán, y el mexicano Carlos
Salinas de Gortari fueron buenos ejemplos del abandono de los viejos dogmas.
Todos, de alguna manera, estaban respondiendo a una atmósfera general de
regreso a la ortodoxia económica y a la defensa del mercado y la
responsabilidad individual, movimiento que en Inglaterra había encabezado la
señora Thatcher y, en Estados Unidos, Ronald Reagan. Resultaba muy
significativo que pocos años antes, Friedrich Hayek (1974) y Milton Friedman
(1976) hubieran recibido el Premio Nobel. Era, simplemente, la hora del
liberalismo clásico, como se entiende en Europa esa palabra, que regresaba
triunfal a la imaginación política colectiva tras el fracaso parcial de las
propuestas keynesianas, y esta influencia llegaba a América Latina.
Sin embargo, los resultados de la
reforma fueron insatisfactorios en América Latina. ¿Por qué? Por dos razones:
la primera, es que esa reforma casi siempre se hizo a regañadientes, sin el
previo consenso de la sociedad, de forma limitada, y con muchos elementos
contradictorios como, por ejemplo, la falta de control en el gasto público,
como sucedió en la Argentina de Menem, donde el aumento exponencial del
gasto público hizo imposible el sostenimiento de la paridad entre el peso y
el dólar, hasta que se produjo el estallido financiero, con la vergonzosa
confiscación de los ahorros nacionales y el jubiloso e irresponsable impago
de la deuda pública. Por otra parte, con frecuencia el proceso de
privatización de las empresas estatales fue muy turbio, en algunos casos
hubo enriquecimiento ilícito, y en casi todos los nuevos propietarios,
aunque mejoraron muy notablemente los servicios ofrecidos, aumentaron las
tarifas para recuperar sus inversiones, algo que irritó a una sociedad
acostumbrada durante décadas al esquema contrario: pésimos servicios, o
terriblemente insuficientes, pero fuertemente subsidiados.
El inmenso error
Había, además, otro factor en el
que casi nadie reparaba: la reforma introducía un elemento de eficiencia en
el manejo de las finanzas públicas, pero no necesariamente aumentaba la
riqueza existente. ¿En qué consistía la reforma? En esencia, en una decena
de recomendaciones recogidas en el Consenso de Washington por el
economista John Williamson, alguna de ellas, por cierto, alejada de las
propuestas estrictamente liberales, como es esconder la falta de
competitividad mediante la manipulación de la tasa de cambio. Recordemos
cuáles eran, resumidas, esas diez recomendaciones:
1.
El establecimiento de disciplina fiscal. Lo que
se gastaba tenía que limitarse a los ingresos o a la capacidad razonable de
endeudamiento, pero no más.
2.
Control y reordenamiento del gasto público para
privilegiar la salud, la educación y las infraestructuras, en detrimento del
asistencialismo puramente humanitario, casi siempre improductivo y
clientelista.
3.
Reforma y simplificación fiscal para recaudar
más eliminando excepciones y privilegios.
4.
Liberalización de las tasas de interés.
5.
Utilización del tipo de cambio para sostener la
competitividad.
6.
Disminución progresiva del proteccionismo
arancelario.
7.
Estimular la apertura el exterior para atraer
inversiones extranjeras.
8.
Privatización de las empresas en poder del
Estado.
9.
Facilitar el acceso al mercado de los agentes
nacionales e internacionales para agilizar la realización de transacciones
comerciales y estimular la competencia, reducir los precios y mejorar la
calidad de bienes y servicios.
10.
Fortalecimiento de los derechos de propiedad.
Todo eso, qué duda cabe, era
importante y contribuía a crear un clima más propicio para la generación de
riqueza, pero pertenecía al mundo de la macroeconomía, al de los famosos “ajustes”,
y ya se sabe que los mortales viven en el otro, en la microeconomía, donde
existen empresas que dan trabajo, pagan salarios, ahorran, obtienen
beneficios, invierten y, cuando hay suerte y ciclos prolongados, crecen
incesantemente absorbiendo la mano de obra nueva que se asoma al mercado
laboral.
En los países que habían dado el
salto a la modernidad y el progreso, además de recurrir al recetario
liberal, el gobierno y la sociedad civil, en general, habían hecho un
esfuerzo muy importante para mejorar sustancialmente el tejido empresarial
alentando el ahorro interno y atrayendo el externo, invitando y fomentando
la instalación de compañías internacionales que le agregaban un alto valor a
la producción de bienes y servicios, y fortaleciendo de diversos modos a los
empresarios nativos para que crearan riquezas desarrollando fuentes de
empleo mientras generaban productos con calidad y competitividad suficientes
como para estar presentes en los mercados internacionales.
Para los coreanos o los taiwaneses
resultaba obvio que exportando arroz no era posible desarrollar el país, con
lo que se ponía en duda la mítica reforma agraria como solución permanente
de los problemas del campesinado pobre. Los singapurenses y los habitantes
de Honk-Kong sabían que el aumento sustancial del nivel de vida de sus
pequeños territorios dependía de la tecnología y la ciencia, y eso requería
una fuerte asociación con el gran capital internacional. Depender de la mano
de obra barata como una ventaja comparativa sólo podía servir por un tiempo,
mientras dominaban los modos de producción de los países del primer mundo y
conseguían ahorrar e invertir un porcentaje altísimo de los ingresos
derivados de esa asociación, pero la secuencia de los objetivos estaba clara:
asociarse a los productores eficientes, copiar, innovar, mejorar y competir
en precio y calidad. Tampoco era una experiencia inédita en esa zona del
mundo: ya lo habían hecho los japoneses tras la Segunda guerra mundial, y
aún antes, a partir de la Revolución Meiji de 1867.
En el sudeste de Asia ninguna
persona sensata situada en la esfera de poder tenía la menor duda: el
desarrollo y la prosperidad provenían de la existencia de un denso y variado
tejido empresarial, internacionalmente globalizado, caracterizado por
el alto valor agregado, y eso requería altas tasas de ahorro e inversiones,
investigación, disciplina laboral, fin de la guerra de clases y de las
supersticiones marxistas, rigor, seguridad jurídica, y un capital humano de
primer nivel, formado en buenas universidades e institutos de educación.
El marco macroeconómico, sí, era
importante, como lo era la existencia de un Estado de derecho hospitalario
con la creación de riquezas, pero sólo en la medida en que actuaban como
facilitadores y servían de soporte para impulsar lo que ya algunos
economistas llaman el empresarialismo o “capitalismo empresarial”. Y
esto fue lo que falló en América Latina: pusieron el acento en algunos
aspectos de la macroeconomía, como si todo fuera un problema contable o
administrativo, e ignoraron el resto de la ecuación, lo que explica los
pobres resultados globales que exhibe la región.
El resurgimiento de las
izquierdas
Es en este punto, armados por la
frustración generalizada, donde las izquierdas resurgen de la debacle del
derribo del Muro de Berlín y del desastre de la década de los ochenta (la
llamada “década perdida”), revitalizando las viejas tendencias
intervencionistas existentes a lo largo de casi todo el siglo XX, y muy
especialmente desde que la constitución mexicana de 1917, tras una
sangrienta revolución legitimada en la lucha por la posesión de la tierra,
encomendó al Estado la tarea de lograr el desarrollo equitativo del conjunto
de la sociedad.
El primer síntoma de
este regreso a los viejos tiempos fue la llegada al poder del teniente
coronel Hugo Chávez a principios de 1999. Traía un discurso antisistema
profundamente hostil al capitalismo, que incluía antiguas ideas
colectivistas, y no ocultaba su decisión de construir una Venezuela
socialista muy cercana al modelo forjado en Cuba por su amigo Fidel Castro
cuarenta años antes. A partir de este episodio, Lula da Silva ganó las
elecciones brasileras en el 2002, Néstor Kirchner las argentinas en 2003, y
Tabaré Vázquez las uruguayas en 2004. Evo Morales asumió la presidencia de
Bolivia en enero del 2006. Exactamente un año más tarde, el nicaragüense
Daniel Ortega y el ecuatoriano Rafael Correa comenzarían sus periodos de
gobierno.
Todos proclamaban ser
de izquierda, pero entre ellos había profundas diferencias, y las más
notables eran las que se percibían entre Chávez y los mandatarios del cono
sur, pese a que en el plano personal mantenían vínculos estrechos. Lula da
Silva, que había fundado un partido obrero sobre un duro discurso
revolucionario, una vez llegado al poder continuó la línea moderada trazada
por el anterior mandatario, Fernando Henrique Cardoso, un reformista que
había tomado muy en serio el recetario liberal del Consenso de Washington,
limitando su izquierdismo a prestar asistencia alimenticia a las personas
más necesitadas, empeñándose en una especie de cruzada contra el hambre.
Néstor Kirchner, en cambio, comenzó por volver a estatizar algunas empresas
previamente privatizadas por Carlos S. Menem, y retomó la vieja pasión
peronista por aumentar los impuestos y controlar los precios de ciertos
productos básicos, pero sin pretender destruir el sistema de economía de
mercado, y sin la menor vocación de convertirse en una figura continental.
El uruguayo Tabaré Vázquez, por su parte, pudo controlar a los elementos más
radicales de su gobierno, y descubrió que su mejor aliado económico era el
gobierno de Estados Unidos y no sus socios del MERCOSUR.
De alguna manera, pues,
la izquierda vegetariana se había instalado en el cono sur. Sus rasgos
principales eran el proteccionismo y el estatismo, pero no deseaba demoler
el Estado de Derecho ni crear una sociedad igualitaria y colectivista. Esa
pretensión sólo parecían encarnarla Cuba, Venezuela y Bolivia, mientras el
Ecuador de Rafael Correa se mantiene como una incógnita, al tiempo que
Daniel Ortega, cuyo corazón político está muy cerca de La Habana, es
prisionero de un parlamento en el que el sandinismo es minoría, y de una
sociedad que no desea volver al triste panorama de la guerra fría.
¿Cuál será el destino de esta
tendencia política? Tras la derrota de Hugo Chávez en el referéndum del 2 de
diciembre pasado, convocado para legitimar una reforma constitucional que
aceleraba la conversión del país al “socialismo del siglo XXI” y aproximaba
los sistemas de Cuba y Venezuela, el criterio general es que se trata de un
experimento en vías de desaparición. Heinz Dieterich, un politólogo alemán
radicado en México, y uno de sus teóricos y defensores más destacados,
consignaba su pesimismo en Aporrea, una de las páginas de Internet
más leídas por la izquierda carnívora:
“El Presidente Chávez ha sufrido
una derrota estratégica en el referendo constitucional, que junto con la
derrota estratégica del gobierno de Evo en Bolivia y la cada vez más
precaria situación en Cuba, constituyen un panorama extremadamente grave
para las fuerzas progresistas de América Latina. Es posible que los
gobiernos de Hugo Chávez y de Evo Morales no sobrevivan los embates de la
reacción en el año 2008 y que el modelo cubano se agote en el 2009-2010, si
no se toman medidas realistas de inmediato”.
Lo desconcertante, sin embargo
-además
de llamarles “progresistas” a las sociedades que menos progresan en el
planeta-,
no es que esta izquierda desaparezca, sino que haya aparecido otra vez tras
el fracaso en todas partes del socialismo real, y que América Latina, tal
vez con la excepción de Chile, no consiga encontrar el camino del
desarrollo, la estabilidad política y la conformidad de la sociedad con su
ordenamiento jurídico, su diseño institucional y su modelo económico, como
ha sucedido en países como España o los ex satélites europeos de la URSS.
¿Y qué sucederá con la otra
izquierda, la vegetariana? Lo probable es que, poco a poco, como sucedió con
el socialismo en la India, las clases dirigentes vayan abandonando las
prácticas estatistas ante su fracaso, y finalmente se reconcilien con el
mercado, las libertades económicas y el modo de organizar la sociedad que
exhiben las naciones capitalistas y democráticas del primer mundo. Ya lo ha
hecho Chile y no hay razón para que todas las naciones latinoamericanas no
sigan ese mismo camino.
En las presentaciones de nuestro
libro El regreso del idiota, como antes nos sucedía con el Manual
del perfecto idiota latinoamericano, invariablemente alguien en el
público suele preguntarnos a quiénes llamamos idiota, y la respuesta más
convincente parece ser ésta: “idiota es todo aquel que realiza el mismo
experimento veinte veces, a la espera de obtener resultados diferentes en
algún momento”. Durante todo el siglo XX América Latina jugó en innumerables
ocasiones con diversas variantes del socialismo, unas veces autoritario y
otras democrático, sin otros resultados que la pobreza y el atraso
relativos. Esperemos que en el siglo XXI aprendamos la lección y dejemos de
tropezar una y otra vez con la misma piedra.
Diciembre 12, 2007
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