¿Cómo llegar a Papa, ganar un Oscar
o alcanzar la presidencia?
Carlos Alberto Montaner
El New York Times propone que Hillary y McCain
sean los candidatos que lleguen vivos a la meta. Pudiera surgir una
sorpresa, pero si son ellos no es una mala alternativa. Ambos son
inteligentes, moderados y tienen experiencia. Los dos, además, son prudentes
y ésa es la virtud esencial de un buen estadista. Los aventureros y los
ingenieros sociales son demasiado peligrosos. Acaban destruyéndolo todo
mientras desprecian a sus semejantes por no haber sido capaces de ejecutar
sus planes maravillosos. Lo que parece un poco disparatada es la forma
norteamericana de elegir a sus líderes.
Las primarias estadounidenses no están hechas para
seleccionar al mejor candidato, o al potencialmente mejor presidente, sino
al que tiene o colecta más recursos económicos, al que cuenta con mejor
organización electoral, estrategas más astutos, o quien golpea con mayor
contundencia al compañero de partido. Los debates tampoco resultan muy
persuasivos. Son demasiado rígidos y no dejan tiempo para la argumentación.
Se tiene la sensación de que estamos ante un show que ''gana'' el
que mejor actúa. En todo caso, la tarea fundamental de un jefe de Estado o
de gobierno no suele ser la exposición brillante, sino la selección de la
opción mejor o menos mala ante los diversos conflictos o causas de acción
que se presentan. Una habilidad que es muy difícil descubrir en medio de una
montaña de lemas, consignas y palabras huecas.
No hay, naturalmente, un modo perfecto de seleccionar a
los candidatos idóneos, pero algunos especialistas se inclinan por una
especie de híbrido entre el colegio cardenalicio que elige al Papa y la
Academia de Hollywood que selecciona a las mejores películas o actores para
otorgarles los Oscar. En ambos casos, quienes escogen son especialistas, y
el proceso de selección consiste en ir descartando progresivamente a los que
menos sufragios alcanzan en votaciones sucesivas.
Veámoslo en la práctica. El partido VERDE, que tiene un
millón de afiliados, contempla en sus estatutos la creación de dos extensos
comités electorales. Uno de ellos va a seleccionar a quiénes serán los
candidatos que competirán por las nominaciones, mientras el otro decidirá
quién es el que, finalmente, deberá representar al partido. ¿Por qué dos
comités diferentes? Obvio: para limitar la capacidad de manipulación de los
líderes. La defensa de los derechos individuales, que debe ser el objetivo
de la organización de la sociedad, consiste en eso: fragmentar la autoridad
de quienes detentan el poder.
¿Quiénes forman esos comités? Literalmente, miles de
personas escogidas por votación dentro del partido. Pongámosles números. El
partido elige al Comité de Selección, compuesto por 300 personas, que recibe
100 nominaciones. El Comité establece 9 votaciones consecutivas y en cada
una de ellas va eliminando al 10% menos favorecido. Al final, quedan diez
candidatos. En ese punto entra en juego el otro comité, que volverá a
repartir el proceso, pero ahora con sólo diez finalistas que se irán
eliminando uno a uno en las nueve votaciones secretas y consecutivas, hasta
elegir al candidato oficial. ¿Quién será? Sin dudas, el que menos rechazo
provoca en el grupo. El que mayor grado de consenso genera. Sus compañeros
de partido lo han elegido porque conocen sus credenciales, no porque es el
más rico ni porque tiene más habilidad para recaudar fondos o porque es más
ingenioso en los debates.
Un procedimiento de esta naturaleza, aunque en modo
alguno garantiza la selección del mejor candidato, limita (nunca impide)
tres males muy peligrosos:
- Los compromisos malsanos entre los intereses
económicos y los políticos.
- Los agravios entre los distintos aspirantes, que
tanto afectan la convivencia dentro del partido.
- La sensación de haber sido víctima de una injusticia
a quienes no son favorecidos.
La democracia es, en esencia, un método para tomar decisiones colectivas
racionalmente legitimadas, pero la forma es tan importante como el
contenido. Cuando la forma es deficiente, los partidos se rompen y
desacreditan. Y eso, como se sabe, no es bueno para nadie.
Febrero 4, 2008
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