Sin Fidel, ¿y ahora qué?
Carlos Alberto Montaner
Fidel se va, pero se queda. La primera decisión que ha
tomado su hermano Raúl como flamante presidente de Cuba es delegar sus
atributos y consultarle a Fidel todos los temas importantes. El parlamento
respaldó esa propuesta por unanimidad. Por algo a estos infelices diputados
los conocen como ''los niños cantores de La Habana''. Es un coro pueril,
complaciente y afinado. Llevan medio siglo obedeciendo y no saben hacer otra
cosa. Seguramente, ésa fue la condición exigida a Raúl para que pudiera
ocupar formalmente la presidencia del país. Fidel se ha reservado el poder
de veto. Seguirá gobernando hasta su muerte.
De eso se trata esta nueva jugada. Fidel está muy mal de
salud y quiere continuar mandando desde el más allá. Los brasileros, que son
la fuente más fiable e indiscreta que se conoce sobre la salud de Castro,
especialmente el entorno de Lula, lo afirman en privado: lo asombroso es que
todavía esté vivo. Incluso, sotto voce, me han reiterado el primer
diagnóstico que ellos divulgaron y luego desmintieron: realmente, fue cáncer
lo que tuvo. Han vuelto de La Habana con esa vieja-nueva noticia. Y si ahora
Fidel entrega el mando, aunque conserve la autoridad y la capacidad de
obstaculizar cualquier reforma, es porque sabe que no le queda demasiado
tiempo en este valle de lágrimas.
Antes de darle a Raúl la llave de la dictadura, Fidel
limpió el Consejo de Estado de reformistas dispuestos a convivir con los
demócratas de la oposición. Ahí no están, por ejemplo, Abel Prieto o Eusebio
Leal, dos altos funcionarios dulcemente razonables. A Carlos Lage --el
presunto Adolfo Suárez en todas las quinielas políticas-- lo desplazó de la
línea sucesoria. Colocó en su lugar a José Ramón Machado Ventura como
eventual sustituto de Raúl, un anciano apparatchik, organizado e
inflexible, que tendrá a su cargo disciplinar al desvitalizado Partido
Comunista, una estructura zombie en la que 800,000 personas militan
por inercia y no por convicción. Fenómeno nada sorprendente cuando
recordamos que el de la URSS tenía 20 millones de miembros y lo disolvieron
por decreto sin una sola protesta callejera.
Raúl se propone resolver las cuestiones materiales más
urgentes heredadas de la devastadora era fidelista. Está convencido de que
los cubanos, en realidad, no desean libertades, sino pan con mantequilla.
Cree que si el gobierno mejora el suministro de comida y la población vive
un poco mejor aceptará de buen grado lo que hoy admite por resignación e
impotencia. Es una forma endurecida y cínica de ver las cosas, pero es la
que tiene. Cuando Raúl cierra los ojos y sueña con el futuro de Cuba ve tres
panoramas sucesivos.
- A corto plazo (12 meses, pero con los primeros
cambios antes del verano) vislumbra un país más productivo y menos
hambreado que el que ha recibido.
- A medio plazo (36 meses) se imagina una sociedad
menos rígida, con espacios de opinión más amplios. La reciente
publicación del discurso del cardenal Bertone y una actitud más
hospitalaria hacia la Iglesia es un anticipo de ello.
- A largo plazo (60 a 72 meses) sueña con haber
reproducido en Cuba un modelo más parecido a la Rusia de Putin que a la
China actual, donde el capitalismo controlado por los viejos amiguetes
del partido, del ejército y del Ministerio del Interior manejan todos
los hilos del poder político y económico, garantizando el sostenimiento
de una élite, capaz de autorrenovarse, que manipulará al país
por varias generaciones hasta que la anomalía histórica del comunismo se
vaya disolviendo sin traumas en una aceptable normalidad
latinoamericana.
Raúl se equivoca. Le fallan las premisas básicas. El
partido no es revitalizable porque ya casi nadie cree en el colectivismo o
en las tonteras marxistas, como afirman los propios hijos de la
nomenklatura. (Si Raúl lo duda, ¿por qué no conversa con los hijos de
Juan Almeida, Carlos Lage, Machado Ventura, Juan Escalona o de su hermano
Ramón?) Las fuerzas armadas tampoco son un bloque monolítico. Se mantienen
unidas por lealtad a Fidel y porque están más cerca del espíritu de banda
que de la disciplina castrense, pero ideológica y emocionalmente hace mucho
tiempo que rompieron con el discurso revolucionario. Uno no elige la carrera
militar para administrar hoteles o para darles de comer a los turistas
canadienses.
Los cubanos quieren algo más que pan con mantequilla.
Quieren libertades. Quieren poseer empresas, tener bienes, salir y entrar
libremente en el país, contar con diversas opciones políticas, leer e
informarse como les da la gana y recuperar el control de sus vidas,
secuestradas por los Castro hace medio siglo. Lo que debe comprender Raúl es
que el destino no lo ha colocado en ese puesto para salvar a una revolución
que hundió al país y casi nadie quiere, sino para enterrarla ordenadamente.
Ese es su mejor papel.
Marzo 2, 2008
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