¿Y qué importa si estamos solos?
Carlos Alberto Montaner
La discusión se ha posado en los periódicos y en las universidades como la
nave Phoenix en la superficie de Marte: ¿hay vida en ese sitio inhóspito? Si
hay vida, y si la que encuentran es como la de nuestro planeta, aunque sea
en forma muy elemental, es posible suponer que también existe en otras
partes del universo y puede haber evolucionado de manera parecida a como
sucedió en la Tierra. Los teólogos del Vaticano que, finalmente, han
aceptado a Darwin, ya han advertido que la evolución (a la que a estas
alturas es muy difícil oponerse) no niega la existencia de Dios. En esta
nueva teología, Dios, sencillamente, desencadenó el proceso. ¿Para qué?
Nadie sabe. Ni siquiera los teólogos, personas asombrosas que, como algunos
políticos, no conocen la incertidumbre.
Tal vez ésa es la pregunta absurda: ¿para qué? Hasta ahora, la vida parece
ser un raro proceso de oxidación que le sucede a la materia en ciertas
condiciones excepcionales. Por razones que no entendemos, algunas moléculas,
en circunstancias muy especiales, desencadenan un proceso químico que, a lo
largo del tiempo sideral, evoluciona de formas caprichosas hasta convertirse
en esponjas, tulipanes o personas, por sólo citar tres criaturas curiosas
entre los millones de seres que pueblan nuestro mundo. Nadie sabe, tampoco,
si detrás de esa lenta mutación de los seres vivos está el azar o el “diseño
inteligente” de una voluntad divina, pero resulta difícil entender qué animó
al Creador a diseñar inteligentemente, por ejemplo, los 200 virus que
provocan el catarro. Hace millones de años que estos molestos retoños de la
evolución nos tienen moqueando. ¿Para qué? Tampoco se sabe.
No todo, sin embargo es desconocido. La ciencia, por lo menos, cree saber
dos cosas que, por una punta, se complementan, y, por la otra, se adversan.
La primera, es una vieja observación que nadie discute: la vida, ese proceso
de oxidación, siempre está destinada a morir. Se acaba. Pero la materia, de
donde viene la vida, como probó Lavoisier en el siglo XVIII, no desaparece,
sino se transforma. Se convierte en otra cosa. En energía, por ejemplo,
porque masa y energía, como nos enseñaron en la adolescencia, son dos
expresiones del mismo fenómeno. O sea, el destino de todo lo que vive es
desaparecer, pero el destino de todo lo que no vive es perdurar.
Hay algo un tanto patético en nuestra necesidad psicológica de encontrar
vida en el espacio, como si la ocurrencia de este fenómeno tuviera una
trascendencia especial, sin advertir que mucho más notable que la aparición
de algún rasgo vital en Marte es la mera existencia de esa enorme bola de
materia inorgánica, sujeta al misterio de la gravedad, hoy compacta, ayer
gaseosa, hoy helada, ayer ardiente, compuesta con el prodigioso misterio de
las partículas subatómicas, organizadas en átomos e integradas en moléculas,
que viaja y gira ciegamente en el espacio, dentro de un sistema solar que
es, a su vez, sólo un rincón diminuto en una galaxia insignificante. Ante
ese espectáculo increíble de fuego, velocidad y espacio: ¿qué importancia
puede tener que exista o no ese asunto menor, esa pequeña anécdota a la que
llamamos vida, destinada, en cualquier caso, a desaparecer?
Cuando era un niño de ocho años, mi tío Pepe Jesús me llevó a ver una
película que estuvo a punto de provocarme un infarto de la vejiga: El día
que paralizaron la tierra. Se trataba de una nave de Marte que
aterrizaba en Washington en son de paz, cerca de la Casa Blanca, y a partir
de ese punto los americanos se equivocan, como hoy en Irak, y se arma la de
Dios es Cristo. En aquella época casi todo el mundo estaba seguro de que el
universo estaba poblado por seres muy desarrollados y malvados dispuestos a
hacernos papilla, todas las semanas aparecía un ovni en México, y no
faltaban los secuestrados por naves espaciales
-nuestros
primeros astronautas-
que eran gentilmente devueltos a la tierra por unos seres pequeñitos y
cabezones con vocación de taxistas, tras darles un paseo por las estrellas.
Muchos años más tarde, cuando enseñaba en una universidad en Puerto Rico, me
enteré de que en Arecibo, una de las ciudades de la Isla, funcionaba la más
poderosa antena radioastronómica del mundo, febrilmente dedicada a enviar
señales a los confines del universo para tratar de hallar una respuesta
inteligente que nos confirmara que no estábamos solos en el espacio. Por lo
visto, los mensajes nunca fueron respondidos, probablemente porque no había
nadie ni nada que pudiera captarlos.
Hasta ahora la lección parece muy clara: estamos solos. ¿Y qué?
Mayo 30, 2008
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