Obama
y el cambio
Carlos Alberto Montaner
Ted Sorensen, uno de los
ideólogos del gobierno de John F. Kennedy, dijo que tal vez la elección de
un presidente católico en 1960 era más difícil que la de un afroamericano en
2008. Puede ser. Hasta esa fecha todos los ocupantes de la Casa Blanca
habían sido protestantes. Pero la sociedad americana, por su propia dinámica
interna, cambió en la dirección en la que se ha movido incesantemente desde
su fundación a fines del XVIII: la apertura y asimilación progresiva de
todos los grupos étnicos, de todas las tendencias culturales y de las
diversas minorías. Como parece que sucede en el Universo, Estados Unidos es
una sociedad en perpetua y acelerada expansión.
Lo explicó muy bien el premio Nobel Douglass North en un ensayo reciente:
Estados Unidos, sin proponérselo, inventó para el mundo lo que llama la
''sociedad de acceso abierto'' basada en la competencia y la subordinación a
la ley. La combinación de esos dos elementos ha generado, por una punta, la
renovación permanente de la élite dirigente en el terreno político, y, por
la otra, el mayor desarrollo tecnológico y científico que ha conocido la
especie. Este fenómeno, a su vez, ha producido una cantidad increíble de
riquezas. Tras el ejemplo norteamericano hoy existen, al menos, dos docenas
de países de ''acceso abierto''. Exactamente los más prósperos y estables
del planeta.
Si esta perspectiva es correcta, el senador Obama no viene a traer el
cambio: él es el producto de los cambios. En apenas medio siglo, los
afroamericanos han pasado de luchar gallardamente por un puesto en la parte
delantera del autobús a luchar por la conquista del despacho presidencial en
la Casa Blanca. Pero este modo de entender a Estados Unidos también define
el verdadero sentido de la presidencia norteamericana: la principal función
del jefe del Estado no es guiar a los americanos en una dirección elegida
por él o por los líderes de su partido, sino perfeccionar las instituciones
y facilitar los mecanismos que hacen posible que las personas compitan en un
clima justo para que el conjunto de la sociedad evolucione como consecuencia
del resultado de las decisiones que libremente toman todos los días millones
de personas. Eso es lo que ha hecho grande a Estados Unidos.
Esto se entiende mal en el exterior. Leo que los españoles votarían
abrumadoramente por Obama si pudieran participar en las elecciones
norteamericanas. Y esa misma fue la impresión que me llevé tras recorrer
recientemente varios países latinoamericanos: prefieren a Obama. ¿Por qué?
Por las malas razones: porque la imagen de Estados Unidos que prevalece en
el mundo es muy negativa. Sin matizar, sin detenerse a comparar, ven al país
como una potencia imperial manejada por las grandes corporaciones
económicas, que atropella militarmente a los más débiles, consume una parte
sustancial de las riquezas del planeta, ensucia la atmósfera y los océanos
sin la menor conciencia, margina a los pobres dentro de sus fronteras --al
extremo de negarles cuidados médicos--, y provoca graves turbulencias
financieras internacionales con su irresponsabilidad en el manejo de sus
gastos internos. O sea: exactamente la imagen que proyectan Michael Moore en
sus sesgados documentales y una buena parte del establishment académico
norteamericano en sus clases y publicaciones universitarias.
Para el mundo, esto es lo que Obama va a cambiar. Hay una relación
directamente proporcional entre el grado internacional de obamismo y la mala
percepción de Estados Unidos. Mientras peor es la imagen que se tiene del
país, más confianza se posee en que el joven senador afroamericano eliminará
esas conductas reprobables que le atribuyen a Estados Unidos. Cuando Obama
dice que va a cambiar el país (aunque no haya definido qué va a cambiar y
cómo), fuera de las fronteras americanas se le percibe como un
revolucionario que, finalmente, terminará con los abusos de la CIA y el
Fondo Monetario, retirará a las tropas acantonadas en el extranjero,
someterá al orden a las multinacionales, cuidará del medio ambiente al costo
que sea y gobernará para los pobres.
Entonces, ¿qué ocurrirá, realmente, si Obama llega a la Casa Blanca?
Prácticamente nada de lo que sueñan los simpatizantes de Obama en el
exterior. Como tampoco el católico Kennedy introdujo un cambio fundamental
en la vida americana en los 1,000 días que gobernó al país. La inercia de la
sociedad de acceso abierto se irá imponiendo. La competencia y el
funcionamiento de las instituciones guiarán a la sociedad en la dirección
que aleatoriamente vaya desplegándose. Contrario a la premisa retórica de
Kennedy, lo importante, lo revolucionario, no es lo que Obama pueda hacer
por su país, sino lo que su país ha podido hacer por Obama en un periodo
relativamente breve. Eso es lo admirable.
Junio 22, 2008
Imprimir
esta página