Paraguay: ¿Irlanda o Venezuela?
Carlos Alberto Montaner
Madrid -- A mediados de agosto el
ex obispo católico Fernando Lugo comenzará su mandato en Paraguay. Según los
despachos de prensa, lo asesoran sus amigos del gobierno uruguayo. Puede
ser. En Uruguay manda una extraña coalición de izquierda en la que conviven
(precariamente) demócratas y enemigos de la democracia, socialistas
vegetarianos y comunistas violentos, como probablemente sucede en el bando
que llevó a Lugo al triunfo electoral. Tabaré Vázquez, además, aunque no ha
sido cura, tiene un aura tranquila de párroco bueno que encaja a la
perfección con el talante benévolo del señor Lugo y quizás consiga
explicarle cómo ha logrado mantener el orden en una familia política tan
abigarrada, contradictoria y disfuncional como la que dirige en Montevideo.
En todo caso, hubiera sido peor buscar la asesoría de los Kirchner. Lo
último que se les puede preguntar a los peronistas es cómo se gobierna
acertadamente. Llevan casi setenta años tratando de averiguarlo sin el menor
éxito. Y también sería un despropósito caer en las redes de Brasil, nación
con la que los paraguayos se preparan para un fuerte encontronazo. Lugo
quiere multiplicar los ingresos que proporciona la hidroeléctrica de Itaipú,
situada en la frontera entre ambos países, y esa factura tendrá que pagarla
Brasil.
La tarea que Lugo tiene por delante, pues, es tremenda. Hereda un país
profundamente corrupto y pobre, gobernado durante sesenta años por un
partido con vocación totalitaria durante la larga era de Stroessner, y en el
que una buena parte de las rentas nacionales se las han distribuido
descaradamente algunos empresarios inescrupulosos y las clases políticas por
medio de un modelo económico mercantilista muy conocido en América Latina:
el populismo de derecha. Un engendro medularmente demagógico, de muy difícil
desarraigo porque pudre el corazón de la sociedad, donde se combinan el
nacionalismo, el proteccionismo y el clientelismo, como ocurría en México en
la época del PRI, y como todavía acaece en Argentina, donde el peronismo más
que un partido político es una adicción crónica a un tipo de estupefaciente
moral.
¿Puede el señor Lugo mejorar la situación de Paraguay? Depende. También
puede agravarla. El ex obispo ha declarado varias veces que es partidario de
la teología de la liberación. Eso es muy peligroso. Ese galimatías
socio-filosófico --hijo de un ménage à trois entre Marx, el Che y de una
interpretación sesgada del Nuevo Testamento--, puesto en circulación por el
cura peruano Gustavo Gutiérrez en los años setenta, culpable de que un
sector de la Iglesia se manchara las manos de sangre y enviara
irresponsablemente a la muerte a centenares de personas, no sirve para
gobernar, ni para reducir la pobreza, ni para crear una nación más justa.
Tratar de mejorar los problemas de la sociedad con esa visión de la realidad
es como intentar curar a un paciente canceroso asándolo a fuego lento en una
parrilla.
Casi seguro, al señor Lugo, cuando era cura, le dijeron, y él se lo creyó,
que el gran problema de Paraguay era la injusta distribución de la riqueza.
(Nadie le explicó que ésa era una consecuencia del problema, no la causa.) Y
probablemente llegó a la conclusión de que la función de los políticos y de
los gobiernos debe ser la distribución equitativa de la riqueza. ¿Por qué no
quitarles una buena parte de sus bienes a los pocos que tanto tienen para
repartirla entre los muchos que nada poseen? Al fin y al cabo, durante
siglos ésa ha sido la lógica de una zona de la Iglesia (la zona más
ignorante) y sigue siendo la explicación más extendida de la miseria que
sufre el continente.
¿Cómo puede Paraguay transformarse en una democracia próspera? Sin duda,
como lo han hecho todos los países que abandonaron el subdesarrollo:
generando un denso tejido empresarial capaz de crear empleos cada vez más
complejos que produzcan bienes y servicios con mayor valor agregado. Eso
requiere educación, sujeción a la ley, instituciones adecuadas, equilibrios
macroeconómicos, sosiego político, honradez, apertura, integración
internacional, meritocracia, buenas políticas públicas, mercado, competencia
y el resto de los rasgos y síntomas que diferencian el comportamiento de un
país exitoso, digamos, como Irlanda, de un manicomio gobernado a gritos como
la pobre Venezuela.
¿Emprenderá el señor Lugo el camino de Irlanda o el de Venezuela? Si se guía
por los rencorosos disparates de la teología de la liberación, no hay duda
de que el país seguirá la senda venezolana y entrará en una profunda crisis
política y económica. Si prefiere mirar a Irlanda (o a Chile para no ir tan
lejos), podrá servir a sus compatriotas más desvalidos, que es lo que
aparentemente desea. No tengo la menor idea de lo que hará, pero con los
años he aprendido que el optimismo suele ser la antesala de la frustración.
Lamentablemente.
Julio 12, 2008
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