Philip Roth vuelve a sorprender a sus
seguidores incondicionales con una nueva novela, la número treinta, en su
larga y fecunda carrera literaria. Roth, considerado el más grande
escritor de la literatura contemporánea norteamericana, acaba de publicar
The Humbling (Houghton Mifflin Harcourt, 2009), un relato de 140
páginas que a duras penas logra el kilometraje de fondo de una novela.
El título del libro deriva de la palabra humble, que significa
``humilde''. En este caso el autor se refiere a una suerte de lección de
humildad. Y eso es lo que le sucede al protagonista, Simon Axler, un actor
de teatro que a sus 65 años se encuentra en dique seco, incapaz de meterse
en la piel de sus personajes después de décadas de éxito representando
sobre los escenarios obras de Shakespeare. Enfrentado al ocaso de su
existencia, Axler sufre de un gatillazo interpretativo que le impide hacer
creíbles papeles que antaño bordaba ganándose ovaciones en los mejores
teatros del mundo. En pocas páginas Roth lo sitúa al borde de la
inmolación tras el abandono de su esposa. Poco después y sin preámbulos,
el histrión fracasado ingresa en un centro psiquiátrico para reponerse de
su depresión y es allí donde se topa con una mujer que, al igual que él,
contempla la idea del suicidio como única salida a una situación
desesperada.
El encuentro entre Axler y la paciente constituye el episodio más
prometedor de esta novela, ya que entre ambos se entabla un diálogo y una
reflexión sobre el impulso suicida --la euforia que precede a ese instante
sin retorno-- que entronca con uno de los temas recurrentes en las últimos
escritos de Roth: la inexorabilidad de la muerte como consecuencia de la
oxidación progresiva de la vida. Esa obsesión que corroe a los varones en
declive y que el autor describe con magistral ojo clínico, tal vez
producto del autoexamen al que se ha sometido él mismo en los últimos
años, recluido en su granja de los Berkshires, donde cada nueva obra
parece nacer de su lucha a brazo partido contra el fantasma de su propia
fecha de caducidad.
Pero el maestro Roth traza pinceladas de situaciones que se quedan a
medio camino; subtramas que podrían haberle dado vuelo a una tesis que en
esta ocasión se queda en mero esbozo, sin llegar a ningún puerto
memorable. Después de su convalecencia, el actor frustrado regresa a su
apartado caserón y sólo la inesperada irrupción de la hija de unos viejos
amigos lo aparta momentáneamente de su angst: Pegeen es una robusta
cuarentona que desde su juventud ha tenido amores lésbicos, pero decide
pasarse a las filas heterosexuales de la mano de un sexagenario cuyo
declive no le impide realizar proezas eróticas sin la ayuda de la
socorrida Viagra. Es entonces cuando Simon Axler parece tomar un segundo
respiro vital, embarcado en aventuras de porno suave con esta nueva
compañera de juegos prohibidos. Roth apuesta por escenas de sexo puro y
duro, pero ya no provoca el escándalo masturbatorio de Portnoy's
Complaint o la sorpresa que en su día provocó el pecho gigante en el
que se convierte el profesor Kapesh (uno de sus alter egos
literarios) en The Breast. Estas situaciones risquées son
más propias de un relato de Playboy, con el consabido ménage
a` trois. Lo que apuntaba a la redención del protagonista por
medio de un romance con una mujer más joven e impetuosa, acaba por rematar
a un tipo que, finalmente, no puede tenderle más trampas al implacable
paso del tiempo. Aburrida de ejercer de Lolita tardía con su particular
Humbert Humbert, Pageen regresa a sus amores gays y Simon Axler
debe enfrentarse a su insalvable soledad.
e un tiempo a esta parte Philip Roth entrega puntualmente una
esquemática novella con la urgencia de quien quiere asegurarse que
no ha perdido el poderío de su prosa, la puntería de su humor y el brío de
su imaginación. Como Simon Axler, pareciera que desde su refugio campestre
lucha denodadamente contra el temor de amanecer un buen día huérfano de
las prodigiosas historias que nos ha regalado a lo largo de los años. Pero
en esta batalla sin cuartel comienza a parecerse peligrosamente al cómico
impostado, incapaz de encontrar su propia voz en la confusión de sus
incertidumbres. Un gatillazo literario lo tiene cualquiera. Hasta el gran
Philip Roth.