Los
relatos de Raymond Carver son el reflejo de su atormentada vida y
viceversa. Así podría resumirse la voluminosa biografía que ha escrito
Carol Sklenicka (Raymond Carver: A writer's life, Scribner) sobre
la máxima figura de lo que se conoce como ``realismo sucio'' en la
literatura norteamericana contemporánea.
Carver nació en 1938 y su infancia y adolescencia transcurrieron en medio
de una pobreza extrema. Sklenicka sigue con precisión los pasos de este
joven con inquietudes literarias que sueña con escapar de un hogar con un
padre alcoholizado. Muy pronto Carver conoce a la que sería su gran amor,
la bellísima Maryann Burk, quien con tan sólo quince años tiene la certeza
de haber encontrado un príncipe azul de las letras por el que merecía la
pena sacrificar cualquier ambición personal con tal de que se convirtiera
en un escritor reconocido. Así fue como la joven pareja se embarcó en un
viaje hacia la degradación a bordo del alcohol y el feroz egoísmo de un
hombre dispuesto a sacrificar el bienestar de su familia por un puñado de
páginas magistrales.
Si
se va a hablar de Raymond Carver el escritor es inevitable evocar a
Maryann Burk Carver, su compañera durante 25 años. La madre de sus dos
hijos antes de alcanzar la veintena. La mujer que pasó su juventud
trabajando como camarera, vendedora de libros y por temporadas maestra
para asegurarse de que su marido acabara sus estudios universitarios. De
hecho, la parte más sustancial de su legado literario la escribió mientras
convivió con Maryann. Son cuentos sobre parejas que se aman pero se
destruyen mutuamente. Espejos de un matrimonio marcado por la demolición
de dos seres condenados a separarse para sobrevivir. Eran los años en los
que, ebrio y presa de los celos, Carver se abalanzaba sobre ella para
propinarle un golpe y estuvo a punto de matarla al cortarle una vena del
cuello con un trozo de cristal. Fueron años en los que el autor y su
esposa eran una versión más descarnada de Jack Lemmon y Lee Remick en
Días de vino y rosas. Atrapados en los amaneceres resacosos que
conducen a los pensamientos más negros. Como en la famosa película de
Blake Edwards, para salir adelante uno de los dos debía quedarse atrás.
En
1977 Raymond Carver, aquejado de delirium tremens, deja para
siempre la bebida. En esta nueva andadura, que coincide con el
reconocimiento de su obra y su inserción en un establishment
literario a la altura de grandes como John Cheever, Richard Yates o
Richard Ford, le estorban más que nunca sus hijos adolescentes y Maryann.
Si
se va a ahondar en Carver el autor es imprescindible mencionar a Gordon
Lish, el editor estrella de la revista Esquire, especializado en
descubrir nuevos valores literarios. Lish, al menos en el caso de Carver,
hacía profundas modificaciones a los manuscritos y llegó a eliminarle
párrafos enteros para darle ese toque ``minimalista'' que se convertiría
en sello indiscutible de su estilo. Una relación dañina para cualquier
escritor.
Por
último, si nos referimos a Carver el literato no queda más remedio que
pasar por la poetisa Tess Gallagher, a quien conoció un año después de
haberse desintoxicado y con quien convivió una década. Junto a ella
ingresó en los circuitos de las charlas y seminarios universitarios. Por
fin se había sacudido su impronta de outsider y del subsidio
estatal pasó a la comodidad de los royalties. Cuando le
diagnostican un cáncer mortal de pulmón en 1987, Carver hace un testamento
a favor de su nueva esposa nombrándola beneficiaria de toda su obra y
heredera de las propiedades que había adquirido en los últimos años. A su
muerte, tanto sus hijos como Maryann perdieron todas las batallas legales
contra su viuda.
Habría preferido no haber leído esta exhaustiva biografía de Raymond
Carver si mi intención era quedarme con el intenso recuerdo de cuando
descubrí (hace ya mucho tiempo) sus colecciones de cuentos, tan pulidos y
ceñidos en los desencuentros que trepan por las paredes de esa suburbia
enterrada en la América de las profundas decepciones. Habría deseado no
conocer los nombres de sus hijos, juguetes maltrechos de un padre
negligente. Y Maryann, herida en su más tierna juventud por el
irresistible retrato del artista adolescente. Irónicamente, los
portentosos relatos de Raymond Carver son el rastro amargo de los crímenes
que cometió en nombre de la literatura. Es el dilema de siempre. Una vez
más.