Los muertos en Ciudad Juárez se
multiplican por día y nadie es capaz de detener estas matanzas más propias
de un filme gore. Los asesinatos impunes en la ciudad mexicana se vienen
sucediendo desde hace años, pero la espiral de violencia ha adquirido una
velocidad de desenfreno que parece imparable.
El presidente Felipe
Calderón ha visitado esta zona fronteriza con Estados Unidos, y lo ha
hecho blindado y acompañado de un numeroso séquito porque es consciente de
que allí la vida no vale nada. Después de la masacre el pasado 30 de enero
de 16 jóvenes que se divertían en una fiesta, clamaba al cielo la
presencia de las autoridades para apaciguar los ánimos de los familiares y
los ciudadanos que viven con el terror metido en el cuerpo. Nadie sabe en
Ciudad Juárez cuándo caerá fulminado por las ejecuciones sumarias de los
narcotraficantes o los tiroteos indiscriminados que estallan en los
zaguanes.
En el 2008 se contabilizaron 2,600 muertes violentas en ese municipio y
en un solo día se han llegado a cometer 65 asesinatos. Se trata de una
situación pavorosa y la gente pide a las entidades internacionales que los
salven de un escenario que se asemeja a una guerra, pero sin saber a
ciencia cierta dónde está el enemigo y cuántos inocentes pagarán por el
próximo ajuste de cuentas. Es frecuente que los sicarios irrumpan en los
centros de desintoxicación para acribillar a docenas de drogadictos. Tal
vez se trata de los mismos infelices a los que los carteles les
suministran los estupefacientes que tarde o temprano habrían segado sus
desgraciadas vidas.
Y es en Ciudad Juárez donde desde hace tiempo aparecen en las zanjas
los cadáveres mutilados de mujeres desaparecidas. Muchachas que nunca
llegaron a sus casas. Chicas extraviadas que no pudieron encontrar el
camino de regreso antes de que la mano negra de sus verdugos acabara con
ellas.
El gobierno ha enviado refuerzos con 10,000 policías y militares para
intentar contener esta hemorragia que está deshaciendo los cimientos de la
sociedad juarense. Sin embargo, el sentimiento popular es de frustración,
convencidos de que la guerra está perdida contra un adversario invisible
pero peligroso. El Presidente recorre las calles amparado por un
despliegue de seguridad digno de una producción de Hollywood, pero los
lugareños saben que cuando la comitiva se marche estarán de nuevo al
sereno y sin escapularios suficientes para protegerlos del vendaval de
delincuencia.
Ciudad Juárez se desangra y sus habitantes caminan sigilosos, a la
espera de un tiro de gracia, una fosa común o un ajusticiamiento en la
noche. Poco o nada pueden hacer por ellos la administración y sus tropas
especiales. Por eso al jefe de Estado lo reciben con pancartas hirientes,
las madres de los muertos le dan la espalda y no son pocos los que exigen
su dimisión. Son los inevitables gestos de frustración y la certeza de que
la promesa de más puestos de trabajo y el impulso de una economía
maltrecha no van a acabar con el inmenso poder de los capos y su capacidad
para sobornar a las instituciones.
n medio de la guerra sin cuartel contra los zares del crimen
organizado, reconocidos intelectuales como Mario Vargas Llosa y Carlos
Fuentes abogan por la despenalización de las drogas. Sería, seguramente,
una medida que facilitaría la salida de este túnel negro. Pero se trata de
una propuesta poco atractiva para los políticos, siempre sujetos a agendas
electoralistas. Entretanto, Ciudad Juárez vive en permanente estado de
emergencia y sitiada por la muerte.